No cabe la menor duda de que ir al cine es un rito social. Para muchos, me incluyo, es probablemente el gran panorama del fin de semana. Amigos, cine, cabritas, y más tarde comida con una necesaria cuota de alcohol para digerir y conversar lo visto, parecieran ser los ingredientes que, en buena hora, arman el fin de semana de miles de personas dispuestas a ceder dos horas de su tiempo a una experiencia que promete sacarnos de la rutina. ¿Qué hay de malo en eso? Nada, el problema es que cada vez son más lo que parecen ignorar el inevitable hecho de que están rodeados por otros sujetos con los mismos planes, lo cual puede terminar transformando una buena película en una experiencia al menos…desesperante.
Hace pocos días asistí a una conferencia en la PUC llamada “Marketing de Películas” el cual abordaba el