
Con mucho afán alarmista y poco rigor, El Mercurio publica hoy que ‘El cine chileno perdió 60 millones de espectadores en 40 años’. El titular se refiere a cine chileno cuando de verdad habla de cine en Chile, es decir, al hábito o rito de asistir a la sala de cine; no es que el cine chileno, producido en el país, haya perdido gente, sino que menos gente va al cine en Chile. Ahora bien, ¿se perdieron los espectadores? Cambiar la pantalla grande por la tele o Internet es, simplemente, pedir el mismo remedio en otro envase (que aún no esté claro el negocio, es otra cosa). Más reflexiones sobre las salas de cine
Santos debe ser una de las películas más esperadas del año para quienes seguimos de cerca el cine chileno. Como era de esperarse, el resultado es una rareza, un mejunje
Últimamente he estado empezando a leer ‘Mi vida es una celda’, el último libro de Alberto Fuguet sobre, o mejor dicho, escrito por Andrés Caicedo. La crítica de eso vendrá más adelante, sin embargo, en el googleo previo a la lectura hubo una definición de Caicedo que me quedó dando vueltas. “Sin duda, Caicedo era un blogger, un tipo que necesitaba postear más de una vez al día. Todos aquellos escritores que tuvieron una gran correspondencia o tuvieron diarios son autores que hoy encontraríamos en la red” (
Uno de los varios inventos que pavimentó el camino a la invención del cinematógrafo de Lumiere fue el zootropo, un artefacto que tomaba el principio (o defecto, como leí alguna vez) de la persistencia retiniana y lo utilizaba para hacer mover imagenes, como la de un caballo. Pues bien, aprovechando ese principio, un cineasta experimental llamado Bill Brand de Nueva York creo el Masstransiscope (masa+transporte+zootropo en inglés), siguiendo con su línea de indagar en la reacción del público ante el cine. A estas alturas no es nada nuevo, aquí en Chilito lo vimos alguna vez promocionando una marca de bebidas (creo que en la línea 1, a la altura de estacion U. Católica), lo interesante es como, hasta hoy, el público se maravilla con las imagenes, transformando el metro en un simil del Salon Indien del Grand Café donde los Lumière presentaran años atrás su novedoso invento.
Hubo un tiempo en que yo defendía a Héctor Noguera. En serio, dijeran lo que dijeran, yo lo defendía. Lo vi varias veces en el teatro y hasta en una oportunidad me acerqué a él por que su actuación me pareció demasiado buena (fue en Novecento, si mal no recuerdo). Pues bien, aunque no me arrepiento de lo que hice, pasa el tiempo y uno se comienza a poner más exigente en todo sentido. Tal como uno deja ciertos hábitos, como el vino en caja, dejé de creer en Noguera. Nada personal, de hecho, reconozco que tiene sus momentos, pero simplemente me aburrí de verlo actuando de sí mismo una y otra vez. Más que del actor, me aburrí de quienes son siempre ellos mismos al actuar. Pensemos en alguien como Richard Gere, ¿qué diferencia hay entre el Richard Gere de Pretty Woman y … no sé, cualquier película donde actúe él?
Hoy todos quieren hacer una película. Ejemplo: hombre en sus treinta y tantos, casi cuarenta, sufre grave enfermedad de la cual se salva airoso. Viene la revelación, la epifanía de la vida:¡tengo que hacer una película! Mucha plata, muchas copias, mucha prensa…cero historia y evidente fracaso artístico-comercial. ”Plantar un árbol, tener un hijo, ¿hacer una película?” ¿Desde cuándo?