Seguir a un director es buscar en una voz, un autor, un sello y ver qué tiene qué decir en determinado momento. Es un voto de confianza, como volver al mismo restaurante una y otra vez porque sabes que no te va a defraudar y, si pasa, eres capaz de perdonarlo. O al menos, lo intentas. Sin embargo, creer que solo un director es el amo y señor de una película es tan torpe como pensar que un niño no necesita la colaboración de dos personas (al menos de partes de ellos) para ser concebido. Truffaut sin la ayuda en el guión de Jean-Louis Richard, o Woody Allen sin la fotografía de Gordon Willis, no serían lo que conocemos -y admiramos- de ellos, porque hacer cine, para bien o mal, requiere de muchas manos.
‘Una película de…’
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