Saraband

saraband1.jpgPara mi la obra de Bergman ha sido siempre algo lejana. Mejor dicho: siempre la he reconocido como un desafío, quizás uno que en ocasiones he preferido evitar por respeto y otras debido a que, simplemente, las circunstancias no nos han ayudado. Sea como sea, el fantasma de su filmografía siempre me ha perseguido debido a que mi buen amigo Franz es, por decirlo menos, devoto del difunto director.

Fue en el mismo departamento de mi amigo cuando descubrimos que ambos habíamos arrendado la última película de Bergman, ‘Saraband’. Él, como era de suponer por su fanatismo, ya la había visto y me dijo que la viera, que era un buen ejemplo de cómo traer el conflicto a su mínima expresión, sin grandes aparatos, sin muchas locaciones ni muchos personajes (Ok, las palabras fueron otras, pero bueno, es mi blog). Saraband se pintaba entonces como un ejercicio cercano, como un pedazo de cine sin excusas. Dos personas, un conflicto, una cámara, un punto de vista. La verdad es que, si bien tenía altas expectativas, Bergman se dio el lujo de superarlas.

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