Lo he conocido varias veces y en diferentes instancias. No es uno, son varios y entre sus diversas versiones se repiten rasgos que me hacen creer que son, de verdad, una especie dentro del medio artístico. El Mejor Cineasta de Chile se lo ha visto todo, conoce a todos los directores por nombrar y tiene una opinión clara sobre cada uno ellos. Sin embargo, para él, todavía no se ha hecho nada interesante, por lo que su película va a marcar un hito en el cine, renovar el lenguaje cinematográfico y pasar a la historia. Bien. Admirable. Sin embargo, lo más interesante, es que nunca se ha atrevido a hacer un cortometraje, una película o terminar un guión. Sí, tal cual.
No hablo de los críticos y menos los espectadores. Finalmente, los críticos hacen su trabajo y los espectadores pagan su entrada (o su conexión a internet) y tienen derecho a decir lo que quieran. Me refiero aquí al ser que te habla de lo buen director (o músico, pintor, etc) que es, de los mil proyectos que tiene, y que -en el fondo- nunca ha hecho nada. Porque nunca le ha parecido que lo hecho sea realmente bueno (para haber salido de él), porque nunca se ha movido para hacerla, porque nunca… (excusas varias).

Un género (o subgénero, o lo que sea) que partió con divertidas parodias ha comenzado a transformarse en algo mucho más serio, hasta poderse considerar una especie de subgénero que alguien clasificará como es debido. Se trata de los ‘fan films’: películas hechas por fanáticos de alguna película, generalmente estudiantes de cine y de teatro, que gracias al bajo costo del equipamiento, ponen su talento a disposición para crear nuevas versiones de películas que Hollywood ha sabido hacer con millones de dólares. Algunos parodian y otros homenajean e incluso proponen precuelas. Algo que claramente viene de la cultura del mix que varios comentan como consecuencia de la web.

Uno de los estrenos mas esperados de este año resultó ser bastante decepcionante para quienes veíamos en él una posibilidad memorable de combinar la mezcla entre el cine de Tim Burton y la alucinante historia de Lewis Carrol. Si en un principio parecía que el director era perfecto para llevar ‘Alicia en el país de las maravillas’ a la pantalla, en la práctica resulta ser una película atractiva visualmente, pero deficiente en su intento por unir dos historias (Alicia en el Espejo y Alicia en el país de las maravillas) y lograr un relato entretenido de seguir.
Si hay algo claro de la última película de Scorsese es que ha dividido a la crítica en blanco y negro, sin grises. Para algunos es el ocaso de un genio cinematográfico de los setenta y para otros, quizás los menos, es una joya que demuestra la permanencia de Scorsese en el destacado sitial que comparten los grandes directores de los últimos treinta años. Francamente, yo no pertenezco a este último grupo, pero estoy más cerca de éste que del primero. Creo que Scorsese es un catalizador por el que pasa lo mejor del cine clásico con los avances y la técnica del cine actual, puesta en pro de un resultado que, si bien para algunos puede llegar a parecer barroco o sobrecargado, es un cine expresionista donde la forma va sólo en búsqueda de sus personajes. De acuerdo, Shutter Island quizás no sea Toro Salvaje, pero no me cabe duda que es una película que hay que ver y que todo fan del cine clásico encontrará en ella un refugio.
Se podría escribir un libro sobre cómo se retratan una misma ciudad en la cinematografía de diferentes directores. Más allá de los barrios donde se filme, hay una sensación diferente dada por los personajes que la habitan, la fotografía con la que se imprime y la música que le da vida. Nueva York de Scorsese no es la misma ciudad que para Woody Allen, como el Santiago de Andrés Wood no es igual que el Fuguet en ‘Se arrienda’, y está última difiere totalmente de la ciudad que Fernando Trueba muestra en ‘El baile de la victoria’.
Cápsula:
Pocas veces he salido tan desilusionado de una sala de cine como luego de la última película de Peter Jackson. ‘Desde mi cielo’ no es más que una combinación de imaginería ordinaria, basado en un uso de recursos técnicos que olvida su primera función: contar una historia y, lo más desagradale de todo, es que conlleva un nivel de cursilería visual que roza el sin sentido y se encuentra a sí mismo en la tierra del mal gusto.